PANEGIRICO DEL PAISAJE URBANO Y HUMANO

 

 

      Los humanos somos animales de costumbres, hábitos y rutinas. Aunque hemos aprendido a volar e incluso planear como los buitres; a ver el mundo en la oscuridad, como el cárabo y a construir ciudades y almacenes como las abejas, aún conservamos, como mamíferos que somos, nuestros caminos secretos de la misma manera que el ratón de campo, seguimos invariablemente las viejas rutas entre los matorrales, como el corzo y somos extraordinariamente sociales y jerárquicos y marcando nuestro territorio como el lobo; por ello cuando se nos descoloca el paisaje nos sentimos de inmediato desconcertados y hasta en cierto modo huérfanos.

     En la mayor parte de los casos nuestro paisaje es urbano y lo recorremos y reconocemos debido a sus características, colores, olores y pobladores que lo comparten con nosotros y con los que nos cruzamos a diario. Ese acto social y ese registro de nuestro entorno inmediato hacen que nos sintamos   dentro de nuestro ambiente, seguros y reconfortados.

     Indefectiblemente los almacenes, cines, panaderías, tabernas, ferreterías, librerías, cafés, tiendecillas de barrio y demás comercios especializados configuran el paisaje de una población, nuestro propio paisaje por tanto y, sobre todo, los más antiguos locales que nos han venido acompañando desde la niñez y que se nos antoja han permanecido allí desde siempre, aquello que nuestras abuelas denominan “una tienda de toda la vida” y estos son los que, cuando desaparecen, resultan ser los más añorados.

      Tonelerías, boterías, zapaterías a medida, cererías, corcheras, cacharrerías, chamarilerías, ebanisterías, cordelerías, alpargaterías, almacenes de telas al peso, casquerías, bodegas, librerías de lance, tiendas de ultramarinos, de cerámica; casas de comidas… tienden a evaporarse de la noche a la mañana en el momento en que sus propietarios llegan a la jubilación sin aprendices o cuando los herederos deciden “modernizar” el local permitiendo su cruel sustitución por una hamburguesería, tienda de recuerdos (“souvenirs”, para los más horteras), local de ropa moderna o “todo a un euro”, de este modo y  manera el paisaje no solo de nuestra niñez sino también el cultural y tradicional de una ciudad, se transforma de manera brutal llegando a perder su esencia y por tanto el interés por ser visitado, admirado o fotografiado, así como el gozo de  extraviarse por sus calles centenarias.

      Las corporaciones municipales de muchas ciudades contribuyen mucho a esta desmembración social, cultural y hasta antropológica, permitiendo esto y autorizando incluso, en el mejor de los casos, la mutilación de antiguos edificios que verán sustituido su interior por una construcción moderna e impersonal, sin darse cuenta –o tal vez dándosela precisamente- que se llega a perder la propia esencia del edificio en aras de la apariencia, con una supuesta “restauración” y en el peor de los casos, absolutamente con el derribo total del antiguo edificio.

      También muchos arquitectos ponen su granito de arena, sobre todo aquellos convencidos por ideología, prestigio, estupidez o dinero, de que la tendencia moderna no debe ser otra que la de ir a buscar el contraste más brutal, la línea recta inmisericorde y la homogeneidad más antiestética e impersonal. Parecen ignorar que los buenos profesionales no tienen por obligación ir más allá que sus colegas en el diseño, ya que corren entonces el peligro de  alcanzar grados de zafiedad elevados con resultado, en muchos casos de vulgaridad estilista, no siendo capaces de diseñar, crear y edificar volúmenes armoniosos, obras integradas en el entorno circundante, incluso reconstrucciones impecables, en lugar de dejar los experimentos arquitectónicos para zonas modernas y despejadas donde puedan ser vistos, admirados por su atrevimiento o denostados por sus detractores.

      En muchas localidades europeas, existe una clara preocupación por la conservación de cierto paisaje comercial anticuado pero bello; quizá trasnochado, pero real y sobre todo representativo de otras épocas, usos y costumbres que pertenece a todos porque simboliza su pasado y es en lo que la actual ciudad se ha apoyado en su momento para llegar a ser lo que constituye su permanencia y actualidad.

      En este sentido, los ayuntamientos se deberían preocuparse por restaurar, reconstruir, limpiar y conservar, no solo edificios, sino en aquellos casos en que eso fuera posible, los usos para los que fueron construidos. Vetustas tiendas dedicadas a la elaboración artesana y venta de determinados productos no solo son un museo antropológico vivo y representativo, sino que constituyen focos de atracción cultural e incluso turística. Antiguas fábricas pueden ahora albergar incluso centros comerciales, dejando un rincón para el recuerdo y la historia, donde los jóvenes puedan ver como era y lo que allí se hacía. Estaciones de ferrocarril en desuso, que albergan museos de antiguos coches de viajeros y locomotoras, etc. Lo contrario no solo denota cierta falta de sensibilidad histórica e incapacidad para gobernar, sino escasa visión moderna de la cultura y un afán destructivo medieval como ese que siempre se caracterizó por la típica demolición de la primitiva iglesia visigoda para ser sustituida por una mezquita que a su vez es demolida dando origen a un templo cristiano, todo ello siguiendo ese absurdo ritual de preponderancia religiosa, política o militar de unos sobre otros.

      Llevamos un tiempo aciago, en que los “hados”, nefastos y terribles personajes que pululan por despachos, departamentos, secretarías, consejerías, concejalías y ministerios varios, están en la tarea de destruir nuestro paisaje urbano, por acción o dejación.

      Esto sucede en muchas ciudades de nuestro territorio, aunque, por conocimiento y cercanía, me referiré a la Villa y Corte, capital de España: Madrid.

      No sólo se han venido clausurando pequeños y antiguos comercios del centro de la ciudad, testimonio valioso del pasado, usos y costumbres de nuestro entorno, sino también centros punteros y antiguos, con una gran historia a sus espaldas. 

       La librería “Rubiños”, fundada en el siglo XVIII, que estaba en el nº 98 de la calle de Alcalá. La librería medica e imprenta “Moya”, en la calle de las Carretas nº 29, abierta en 1862 y señalada con una placa en la fachada (que ya no sirve para nada). La librería San Martín, en la puerta del Sol esquina a Carretas, donde asesinaron al político Canalejas, también con placa, pero ya sin librería.  La antigua librería de viejo, del ni 2 del pasadizo de San Ginés, creada en el año 1650, ha sido cruelmente “reconvertida” en una anodina tienda de “souvenirs” para turistas.  Casa “Vega”, creada en 1860, sita en la calle de Toledo nº 57, reconvertida en tienda de bolsos.

El café restaurante “The Geographic Club”, en la calle de Alcalá 141, emblemático y precioso local, no sólo cerro igualmente, sino que el edificio ha sido demolido para dar paso a un espacio para locales y áticos de lujo. Café del Correo, en la calle de Alcalá, convertido en una cervecería…

      Cuando se cumplen ciertos contratos de alquiler, sobrevienen jubilaciones, no existen remplazos generacionales etc. entonces, muchos locales históricos se sumen en las sombras, abandonados a su suerte por las administraciones públicas, sin que estas hagan nada para evitar estas desapariciones. Ciertamente, las corporaciones locales, algunas de ellas poderosas económicamente, carecen del menor interés por la ciudad o el pueblo que gobiernan, desprecian las tradiciones del lugar y, solamente ceden ante la especulación, los posibles beneficios económicos que pueden surgir, sucediéndose el abandono, el derribo y, en el mejor de los casos, la “reconversión” del espacio en comercios anodinos y vulgares y sin personalidad, que no tiene nada que ver con la ciudad o el pueblo y similares a los que se pueden encontrar en cualquier otro lugar,

      Un ayuntamiento que se precie, puede crear y mantener partidas para conservar locales comerciales tradicionales, antiguos e icónicos, mediante la compra, expropiación, subvención, ayudas de cualquier tipo e, incluso creando puestos de trabajo para todos aquellos parados, o no, que deseen ocuparse de dichos negocios para sacarlos adelante.

 

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