A VUELTAS CON EL IDIOMA.

El otro día acudí a una papelería del centro, de la que antes era “Villa y Corte” y ahora macro ciudad desproporcionada y masificada, con la intención de adquirir un lapicero. La dependienta me pregunta que de que número. Respondo que los lápices tienen número (2B, 2H, HB, 4B…) pero los lapiceros no, ya que, según tengo entendido son de un tamaño normalizado. Me mira con cara de perplejidad, como pensando: “este tío me está tomando el pelo” …pero, ¡si son lo mismo!, dice. Entonces –el perplejo soy yo- respondo: “vamos a ver: flor= florero, fruta=frutero, tinta=tintero…lápiz=lapicero. Tras unos segundos de silencio, me responde con una amplia sonrisa: “Ahhh!, un “portalápices”. Ya más tranquila y contenta, me muestra algunos modelos de distintos precios. Mientras tanto, yo le comento, bajito, pero audible sólo para ella: “el portalápiz es un recipiente, generalmente cilíndrico o cuadrado, hecho en madera, plástico, cartón o metal, donde se colocan los lápices y también pinturas, bolígrafos, etc. Esto que yo busco y que usted me muestra, se llama lapicero y es para un solo lápiz, que utilizamos cuando este se queda tan cortito, que resulta difícil de coger con los dedos.

Estas cosas y otras peores, suceden cuando no se utiliza correctamente el idioma, y/o cuando un profesional de cualquier comercio no sabe muy bien lo que vende. Es una de las consecuencias de no leer. Se pierde –o no se llega a adquirir nunca- el vocabulario suficiente como para poder utilizarlo en condiciones y de manera adecuada y termina derivando en malos modos e incultura. Luego, encima,  esa “caterva de vetustos y nonagenarios de maza y pelliza”, que decía mi profesor de lengua y literatura del instituto, refiriéndose a los miembros de la RAE, cuando van y  “reconocen” términos como “almóndiga”, “murciégalo”, “cocreta”, “iros”, “otubre”, “toballa” o “albericoque”, complican enormemente las cosas, crea confusión y problemas donde antes no los había, vamos, que contribuyen un poco a la lenta destrucción del idioma, y es que los “sabios” deberían dedicarse más a la didáctica e iniciar campañas para que los ciudadanos  pronunciemos y escribamos mejor, en lugar de legalizar el mal uso de las palabras, generalmente empleado por gentes sin formación y cultura.

Recuerdo una historia contada en el diario “La Nueva España” de 27 de abril de 2006, por el catedrático Francisco García Pérez, (1) que refería como una profesora sevillana, corrigiendo los exámenes de sus alumnos de 4º de la ESO, descubre con sorpresa, que en ellos se habla de “Tulúlo III”… …¿?

El artículo no tiene desperdicio y resulta divertidísimo, si no fuera por lo grave del asunto. Al parecer la profesora explicaba en clase: “Vamo a estudiá a un pintó mu bohemio y mu güeno que se llama Tululotré”. Al leerlo, Todos llegamos a la conclusión de que se trataba del pintor posimpresionista francés Henri de Toulouse Lautrec… y se aclara el misterio, pero una cosa es leerlo y otra muy distinta pronunciarlo… y mal. Los locutores, los periodistas, los profesores y maestros, los monitores… cuando nos dirigimos a los oyentes, lectores, contertulios o alumnos, hemos de intentar hacerlo lo mejor posible, olvidando o superando nuestros dejes, modismos o acentos locales que puedan producir confusión a los demás, que si bien es normal y hasta tradicional y justificable su uso entre los paisanos, en el pueblo, la ciudad o en casa,  no lo ha de ser tanto entre profesionales que se dediquen – o nos dediquemos- a la difusión de la cultura en cualquier medio o situación, porque luego, pasa lo que pasa y acontece lo que acontece.

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